La oración por los difuntosMons. Atilano Rodríguez     El día 1 de noviembre la Iglesia nos invita a contemplar el testimonio de los santos, a renovar nuestra vocación a la santidad y a pedir a Dios el perdón de nuestros pecados. A partir del siglo XIV, la Iglesia de Roma invita a los cristianos a hacer memoria de todos los difuntos al día siguiente de la festividad de Todos los Santos. En la liturgia de este día, los católicos, además de meditar en la realidad de la muerte como privación de todo lo terreno y como límite de la existencia en el mundo, elevamos nuestras súplicas al Señor por el eterno descanso de aquellos seres queridos que nos han precedido con el testimonio de su fe en Jesucristo.

Aunque la sociedad del bienestar pone todos los medios a su alcance para borrar de la conciencia de las personas la realidad de la muerte, invitando a no pensar en ella y a centrar la atención en el disfrute inmediato y en la posesión de bienes materiales, sin embargo la muerte de los seres queridos siempre nos devuelve a la cruda realidad y nos invita a preguntarnos por el sentido de la existencia en este mundo y por el más allá de la muerte.

Ante la falta de respuestas convincentes para estos interrogantes, los no creyentes se desesperan o toman la decisión de no hacerse preguntas, pues tienen que asumir que todas sus realizaciones y proyectos terminan debajo de una lápida en el cementerio. Al no creer y confiar en alguien que pueda ofrecer vida más allá de la muerte, la existencia humana se convierte en el mayor fracaso y sinsentido. Cuando el hombre piensa que, alejándose de Dios, se encuentra a sí mismo, es más libre y llega a su plena realización, descubre que su existencia termina en el mayor fracaso.

Los cristianos, por el contrario, apoyamos nuestra vida y nuestra esperanza en Jesucristo muerto y resucitado por la salvación de los hombres. En virtud de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, Dios se hace cercano a cada ser humano, comparte su misma existencia y le regala la posibilidad de participar de su salvación. Por medio de Cristo, el mismo Dios habita en nuestros corazones y nos ofrece la luz que tiene el poder de iluminar el presente y el final de la existencia.

Injertados en Cristo en virtud del sacramento del bautismo, todos los bautizados estamos convocados a vivir en Él, descubriendo su voluntad, dejándonos guiar por su Palabra y alimentándonos de su misma vida en los sacramentos. De este modo, además de permanecer en Cristo a lo largo de nuestra peregrinación por este mundo, podemos esperar confiadamente la muerte y el encuentro definitivo con Él por toda la eternidad.

Esto no quiere decir que los cristianos no experimentemos dolor y sufrimiento ante la pérdida de nuestros seres queridos o que tengamos claridad total ante la realidad de la muerte. La fe en Jesucristo resucitado y la experiencia de su amor hacia cada ser humano durante la vida terrena nos permiten esperar con paz y esperanza el momento de la muerte, porque también en ese instante el Señor está presente para cumplir sus promesas y librarnos del poder de la muerte: “Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”. Que el Señor renueve nuestra fe en su resurrección y nos ayude a vivir como resucitados ya en esta vida.

Con mi sincero afecto, feliz día del Señor.

+ Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

Authors: Mons. Atilano Rodríguez

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AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés       La relación de contraste entre los ojos físicos del cuerpo y los ojos creyentes del corazón da lugar a muchos juegos de palabras y a muchas paradojas. El Evangelio de San Juan es en esto un paradigma. Jesús dijo a Santo Tomás, que se resistía a creer: “¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20,29).

Estos, llamados “dichosos” por Jesús, somos nosotros, que caminamos “como si viéramos lo invisible” (así dice la Carta a los Hebreos que caminaba Moisés por el desierto: Hb 11,27). No es una artimaña, ni una autosugestión. Tampoco caminamos en la oscuridad absoluta, pues nuestra vida está llena de signos, como regalos de la presencia de Dios, como resquicios o reflejos de su luz. Estos signos no son evidencias, pero remiten a una luz más intensa. Decía el beato cardenal Newman que los discípulos de Emaús pasaron del “ver sin creer al creer sin ver” en el momento de la fracción del pan en la cena con Jesús. El signo que les permitió pasar a la fe (creer sin ver) consistió en la fracción del pan. A través de él, es decir, la Eucaristía, se percataron de la presencia de Jesucristo, pues ésta era la forma totalmente peculiar que El tenia de ofrecer su amor.

Dos buenos amigos, J. M. Salaverri y J. S. Vila, con una larga y fecunda vida de sacerdotes a sus espaldas, convenían en la belleza de este poema, que compuso en sus últimos años la escritora Ernestina de Champourcín (1905-1999). Me lo envió uno de ellos, glosado sencillamente con estas palabras: “A nosotros, los que creemos sin ver, esta confianza nos tiene que estimular a aprovechar este tiempo de ‘creer sin ver’, pero iluminado por la fe, llenándolo de amor al Señor y al prójimo”.

“Me queda poco tiempo

con los ojos cerrados

para creer sin ver

para ir caminando,

a ciegas, deslumbrada

-en este mundo opaco-,

por tu Verbo encendido.

Amar, creer en anchos

horizontes sin fin.

¡Qué divino regalo

el de esta vida a oscuras

para vivirla amando!

No me abras los ojos,

hay un cielo más claro

para los que tantean

con su fe entre las manos.”

Es un eco de aquellas palabras de San Pablo, que, convencido de “caminar en la fe, no en la visión” (2Co 5,7), en el contexto de su célebre himno sobre la caridad, afirmaba: “ahora vemos como en un espejo, en enigma, entonces le veremos cara a cara. Ahora conozco de forma parcial, pero entonces conoceré como soy conocido” (1Co 13,12). Poco antes de estas palabras San Pablo había cantado las excelencias del amor sobre las otras virtudes de la fe y de la esperanza. Éstas son para el peregrino, que camina todavía en este mundo. Aquélla, la caridad, es la única que quedará en la vida eterna, porque el amor no acaba nunca. Es, por tanto la virtud que corresponde a la visión cara a cara…

Entonces, si ya aquí, en este mundo, podemos vislumbrar algo de la luz mediante la fe y afrontamos sin desfallecer la vida por la esperanza, es porque la caridad, con su luz, está ya sosteniendo y alimentando nuestro creer y nuestro esperar.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Authors: Mons. Agustí Cortés Soriano

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Mons. Casimiro LópezMons. Casimiro López Llorente    Queridos diocesanos:

Hace unos semanas inaugurábamos el curso escolar para los colegios diocesanos con una Santa Misa en la Catedral de Segorbe. Nuestro deseo es que los cuatros colegios, cuyo titular es la diócesis, ofrezcan a los alumnos una educación que les ayude al pleno desarrollo su personalidad y de su ser cristianos, así como que trabajen acordes y concordes con los padres y las parroquias.

Como todos los colegios, también nuestros colegios diocesanos están influenciados por los cambios de la sociedad y de la cultura, por los problemas de la familia, por los continuos cambios del sistema educativo y por las dificultades propias de la acción educativa, que hoy toma la forma de ‘emergencia educativa’. Como dijo Benedicto XVI, cada vez es más ardua la tarea de la educación en general y de la educación cristiana en particular. Cada vez es más arduo “transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento”. Ésta es la difícil tarea no sólo de los padres, que ven reducida cada vez más la capacidad de influir en el proceso educativo de sus hijos, sino también del resto de agentes de la educación, comenzando por la escuela.

El objetivo de la educación no es simplemente enseñar cosas útiles, destrezas o habilidades, ni meramente transmitir una serie de conocimientos para ser más competitivos o alcanzar un título que garantice un puesto de trabajo lucrativo. Educar es ayudar a cada educando al pleno desarrollo de su propia personalidad en todas sus dimensiones: físicas, intelectuales, volitivas, afectivas y espirituales. Se trata de ayudar al educando a crecer en libertad y responsabilidad, a aprender a vivir en la verdad y en el bien, con amor, esperanza y perseverancia. Por eso, la educación ayuda al educando a conocerse, a poseerse, a hacerse cargo de lo que es la propia vida en el mundo para ser capaz de desarrollarla lo mejor posible, hacia adentro y hacia afuera, en la sinceridad de la propia conciencia y en el complejo entramado de relaciones interpersonales en que vivimos. Para un cristiano, todo ello ha de hacerse desde la dimensión trascendente de la persona, desde su apertura a Dios, nuestro Padre y Creador.

Por ello, si toda buena educación sólo termina cuando el educando consigue tener ante sí un ideal y un referente concreto de vida, para los cristianos este referente imprescindible es Jesucristo. Él es nuestro ideal absoluto, hombre perfecto y Dios verdadero para nosotros, en quien nos descubrimos en nuestro origen, en nuestra vocación y en nuestro destino. Por ello no hay verdadera educación si los padres católicos, con la ayuda de la escuela, de la parroquia y otros educadores, no son capaces de llevar a sus hijos al descubrimiento, la elección y la estima de Jesucristo como modelo y norma viviente de su pensamiento, de sus deseos y de sus acciones. Jesucristo es la columna vertebral de la educación de todo cristiano.

Todo lo que favorezca el crecimiento en la fe y la vida cristiana de niños y adolescentes, será beneficioso para su educación integral, es decir para el pleno desarrollo de su personalidad. En la educación, padres, escuela y parroquia no pueden ir por separado y menos aún ser contrapuestos, sino que han de caminar acordes y concordes, bien conjuntados y coordinados.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Authors: Mons. Casimiro López Lorente

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Vivir siempre con fe y simplicidad, como la Sagrada Familia de Nazaret , invitación del Papa
(RV).- (Con audio) La mañana del domingo en la esperada Jornada de la Familia, el Papa Francisco presidió la Santa Misa ante miles de fieles y peregrinos de todo el mundo llegados a Roma en el marco de la Peregrinación de las Familias a la tumba de San Pedro, con el lema de “¡Familia, vive la alegría de la fe!” La oración, la fe y la alegría en familia fueron los tres peldaños de la homilía del Pontífice. Tomando el texto del Evangelio, Francisco puso en evidencia dos modos de orar: uno falso –el del fariseo– y el otro auténtico –el del publicano. «El fariseo encarna la actitud del que no manifiesta la acción de gracias a Dios: se siente justo, se siente en orden, y juzga a los demás desde lo alto de su pedestal», meditó el Papa, recordándonos que la familia que ora, la familia que conserva la fe, es una familia que vive la alegría. Por esto el Obispo de Roma invitó a las familias del mundo a vivir siempre con fe y simplicidad, como la Sagrada Familia de Nazaret. (RC-RV)Homilía del Papa ( audio de la crónica radial): Vivir siempre con fe y simplicidad, como la Sagrada Familia de Nazaret , invitación del Papa
Texto completo de la Homilía del Papa durante la Santa Misa con ocasión de la Jornada de la Familia
Las lecturas de este domingo nos invitan a meditar sobre algunas características fundamentales de la familia cristiana.
1. La primera: La familia que ora. El texto del Evangelio pone en evidencia dos modos de orar, uno falso – el del fariseo – y el otro auténtico – el del publicano. El fariseo encarna una actitud que no manifiesta la acción de gracias a Dios por sus beneficios y su misericordia, sino más bien la satisfacción de sí. El fariseo se siente justo, se siente en orden, se pavonea de esto y juzga a los demás desde lo alto de su pedestal. El publicano, por el contrario, no utiliza muchas palabras. Su oración es humilde, sobria, imbuida por la conciencia de su propia indignidad, de su propia miseria: este hombre verdaderamente se reconoce necesitado del perdón de Dios, de la misericordia de Dios.
La del publicano es la oración del pobre, es la oración que agrada a Dios que, como dice la primera Lectura, «sube hasta las nubes» (Si 35,16), mientras que la del fariseo está marcada por el peso de la vanidad.
A la luz de esta Palabra, quisiera preguntarles a ustedes, queridas familias: ¿Rezan alguna vez en familia? Algunos sí, lo sé. Pero muchos me dicen: ¿Cómo se hace? Pero si se hace como el publicano, es claro: humildemente, delante de Dios. Cada uno con humildad se deja mirar por el Señor y pide su bondad, que venga a nosotros. Pero, en familia, ¿cómo se hace? Porque parece que la oración sea algo personal, y además nunca se encuentra el momento oportuno, tranquilo, en familia… Sí, es verdad, pero es también cuestión de humildad, de reconocer que tenemos necesidad de Dios, ¡como el publicano! Y todas las familias, tienen necesidad de Dios: todas, ¡todas! Necesidad de su ayuda, de su fuerza, de su bendición, de su misericordia, de su perdón. Y se requiere sencillez. ¡Para rezar en familia se requiere sencillez! Rezar juntos el “Padre nuestro”, alrededor de la mesa, no es una cosa extraordinaria: es fácil. Y rezar juntos el Rosario, en familia, es muy bello, da mucha fuerza. Y también rezar el uno por el otro: el marido por la mujer, la mujer por el marido, ambos por los hijos, los hijos por los padres, por los abuelos… Rezar el uno por el otro. Esto es orar en familia, y esto hace fuerte a la familia: la oración.
2. La segunda Lectura nos sugiere otro aspecto: la familia conserva la fe. El apóstol Pablo, al final de su vida, hace un balance fundamental, y dice «He conservado la fe» (2 Tm 4,7) ¿Cómo la conservó? No en una caja fuerte. No la escondió bajo tierra, como aquel siervo un poco perezoso. San Pablo compara su vida con una batalla y con una carrera. Ha conservado la fe porque no se ha limitado a defenderla, sino que la ha anunciado, irradiado, la ha llevado lejos. Se ha opuesto decididamente a quienes querían conservar, «embalsamar» el mensaje de Cristo dentro de los confines de Palestina. Por esto ha hecho opciones valientes, ha ido a territorios hostiles, he aceptado el reto de los alejados, de culturas diversas, ha hablado francamente, sin miedo. San Pablo ha conservado la fe porque, así como la había recibido, la ha dado, yendo a las periferias, sin atrincherarse en actitudes defensivas.
También aquí, podemos preguntar: ¿De qué manera, en familia, conservamos nosotros la fe? ¿La tenemos para nosotros, en nuestra familia, como un bien privado, como una cuenta bancaria, o sabemos compartirla con el testimonio, con la acogida, con la apertura hacia los demás? Todos sabemos que las familias, especialmente las más jóvenes, van con frecuencia «a la carrera», muy ocupadas; pero ¿han pensado alguna vez que esta «carrera» puede ser también la carrera de la fe? Las familias cristianas son familias misioneras. Ayer hemos escuchado, aquí en la Plaza, el testimonio de familias misioneras. Son misioneras también en la vida de cada día, haciendo las cosas de todos los días, ¡poniendo en todo la sal y la levadura de la fe! Conservar la fe en familia y poner la sal y la levadura de la fe en las cosas de todos los días.

3. Y un último aspecto encontramos de la Palabra de Dios: la familia que vive la alegría. En el Salmo responsorial se encuentra esta expresión: «Los humildes lo escuchen y se alegren» (33,3). Todo este Salmo es un himno al Señor, fuente de alegría y de paz. Y ¿cuál es el motivo de esta alegría? Es éste: El Señor está cerca, escucha el grito de los humildes y los libra del mal. Lo escribía también San Pablo: «Alegraos siempre… El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). Eh … Me gustaría hacer una pregunta, hoy. Alguno lleva la alegría en su corazón a casa, ¿eh?Como una tarea que resolver. Y se responde a sí mismo. ¿Cómo es la alegría en tu casa? ¿Cómo es la alegría en tu familia? Eh, den ustedes la respuesta.
Queridas familias, ustedes lo saben bien: la verdadera alegría que se disfruta en familia no es algo superficial, no viene de las cosas, de las circunstancias favorables… la verdadera alegría viene de la armonía profunda entre las personas, que todos experimentan en su corazón y que nos hace sentir la belleza de estar juntos, de sostenerse mutuamente el camino de la vida. A la base de este sentimiento de alegría profunda está la presencia de Dios, la presencia de Dios en la familia, está su amor acogedor, misericordioso, respetuoso hacia todos. Y sobre todo, un amor paciente: la paciencia es una virtud de Dios y nos ensena, en familia, a tener este amor paciente, el uno con el otro. Tener paciencia entre nosotros. Amor paciente. Sólo Dios sabe crear la armonía de las diferencias. Si falta el amor de Dios, también la familia pierde la armonía, prevalecen los individualismos, y se apaga la alegría. Por el contrario, la familia que vive la alegría de la fe la comunica espontáneamente, es sal de la tierra y luz del mundo, es levadura para toda la sociedad.
Queridas familias, vivan siempre con fe y simplicidad, como la Sagrada Familia de Nazaret. ¡La alegría y la paz del Señor esté siempre con ustedes!
(RC-RV)

Fuente:: News.va

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Lima (Domingo, 27-10-2013, Gaudium Press) «En el centro de todo está en la familia y hay que hacer políticas sociales, económicas, deportivas y culturales articuladas alrededor de la familia. No habrá desarrollo, cultura o religión sin familia», reflexionó el Cardenal Juan Luis Cipriani en su programa radial semanal Diálogo de Fe, del sábado 26 de octubre.

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El Arzobispo de Lima reconoció que todos hemos sido formados en la institución familiar, por ello para solucionar los problemas sociales de inseguridad ciudadana se debe privilegiar la protección a la familia.

«Protege la familia, construyamos familia. Siempre que se discute un tema tiene que haber alguien que vea el tema de familia. Y lo digo con urgencia, el Perú está avanzando, tiene muchos problemas pero no solamente veamos formas creativas de involucrar al papá, a la mamá o a la juventud en una idea más bonita de cómo es la familia. La familia hay que hacerla funcionar bien, poniendo un granito de arena», refirió.

«Veo las propuestas de leyes y son todas para debilitar la familia. No premias a los que tienen cuatro hijos. Hoy la mujer está dando a luz y es un problema para la empresa, porque la empresa es inhumana. Si su criterio de selección es espantar a la mujer madre, ¿qué quiere la empresa?», continuó.

Para el Cardenal Cipriani no existen los NN.

«No estemos diciendo que las personas son «NN». La Trinchera Norte no tiene nombre, pero las personas no son «NN», tienen nombre y apellido, nacieron en un hogar, pertenecen a una familia. No se puede tirar el carné de identidad y decir: aquí (en el estadio) somos una tanda de vándalos, hasta nos tapamos las caras. Estás viendo seres sin identidad para ir y meterle un tiro al director del penal. Toda esta manera de corregir a la sociedad, si se quita a la familia no hay futuro. Y vamos viendo las consecuencias», reflexionó.

La realidad del pecado

En otro momento señaló que todos los hombres tienen esa inclinación al mal, por ello exhortó a los fieles a luchar con las tentaciones.

«No quiere decir que seas pesimista. Me doy cuenta de que necesito a Dios. (…) Y Dios es tan bueno que te ha dejado una conciencia para decirte que dentro de ti hay un piloto (la conciencia) que te intenta llevar al bien y a la verdad. Y en el mundo de hoy dices eso (reconocer la realidad del pecado) y se ríen. Porque hay una actitud de decir: qué tiene que ver Dios en la seguridad ciudadana, en la inclusión social, eso se llama agnosticismo, excluyen a Dios», mencionó.

«La humildad es la que se da cuenta y pone todo su esfuerzo para corregir; pero no puedes solo, necesitas de Dios. Por ejemplo en el tránsito, va a ayudar que ese señor que maneja no sea un sinvergüenza, que ese muchacho con su carro bonito no vaya medio borracho. Eso no se arregla solo con semáforos y papeletas sino con una preferencia a la moral», culminó.

Con información de la Oficina de Comunicaciones del Arzobispado de Lima

 

Fuente:: Gaudium Press

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“Somos un pueblo, una sola alma, convocados por el Señor que nos ama y nos sostiene, el Papa a las familias del mundo
(RV).- Esta tarde en el Vaticano comenzó el gran evento de las familias del mundo con el Papa Francisco, para vivir la alegría de la fe, que culminará mañana domingo con la misa del Obispo de Roma.

El Santo Padre bendice a todas las familias del mundo, en el marco de la Peregrinación de las Familias a la tumba de San Pedro, en el Año de la Fe, que ha llegado a la Ciudad Eterna con el lema de “¡Familia, vive la alegría de la fe!”, y con la participación de más de 150 mil personas, de más de 70 países de los cinco continentes
En esta fiesta de la familia el Papa les dijo que han venido en peregrinación de diversas partes del mundo para profesar su fe ante el sepulcro de San Pedro, en esta Plaza que las acoge y abraza, porque como dijo Francisco, “somos un pueblo, una sola alma, convocados por el Señor que nos ama y nos sostiene.
El Papa Francisco también saludó a todas las familias que se unieron a este evento a través de la televisión y de Internet, definiendo a la Plaza de San Pedro una “plaza que se ensancha sin confines”.
El Obispo de Roma recordó a las queridas familias que también ellas forman parte del Pueblo de Dios. Y les dijo que caminan con alegría junto al pueblo. Por esta razón les pidió que permanezcan siempre unidas a Jesús, y que lo lleven a todos con su testimonio.
El Papa les agradeció su presencia. Y les dijo también que todos juntos, hacemos nuestras las palabras de San pedro, que nos dan fuerza y nos darán fuerza en los momentos difíciles: “Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna”. Con la gracia de Cristo, concluyó el Santo Padre, vivan la alegría de la fe. Que el Señor los bendiga y María, nuestra Madre, los acompañe.
(María Fernanda Bernasconi – RV).

Fuente:: News.va

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Política social, desarrollo, tradición cristiana, históricas relaciones. Audiencia del Papa a Presidente de Panamá
(RV).- (con audio) Política social, desarrollo, tradición cristiana, históricas relaciones. Audiencia del Papa a Presidente de Panamá Este sábado, el Santo Padre recibió, en audiencia en el Palacio Apostólico Vaticano, al Presidente de la República de Panamá, Ricardo Alberto Martinelli Berrocal, que luego mantuvo un encuentro con Monseñor Dominique Mamberti, Secretario para las Relaciones con los Estados.
Un Comunicado de la Santa Sede, señala que «en las cordiales conversaciones, se trataron algunos temas relacionados con la situación actual en el País, en particular sobre las políticas sociales puestas en marcha por el Gobierno, y los proyectos de desarrollo para la nación. Se recordó asimismo la larga tradición cristiana del País, las históricas relaciones bilaterales, con especial interés en las actuales relaciones entre la Iglesia y el Estado. En este contexto, también se expresó gratitud por el regalo de una estatua de Santa María La Antigua, Patrona de la Nación, ofrecida al Pontífice por el Jefe de Estado y colocada en los jardines del Vaticano.
Las conversaciones prosiguieron con una mirada de conjunto sobre la situación regional».
(CdM – RV)

Fuente:: News.va

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Encuentro, recuerdo y gratitud del Papa, exalumnos jesuitas de Uruguay
RV).- (con audio) Encuentro, recuerdo y gratitud del Papa, exalumnos jesuitas de Uruguay «¡Gracias! Si voy a Argentina – no antes del 2016 – voy también a Chile y Uruguay». Recen por mí y mis colaboradores, aquí hay mucho trabajo. Son algunas de las frases del Papa Francisco, en un clima de entrañable calidez y cordialidad, encontró a un grupo de unos 30 exalumnos jesuitas de Uruguay. Algunos acompañados por sus familiares – «Veo que hay muchos chicos; es una promesa y una esperanza», dijo el Papa Bergoglio, en su saludo que empezó bromeando sobre el mate:
«Nuevamente les quiero agradecer la visita y el saludo. ¡Me traen tantos recuerdos de allá! Lo único que me extraña es que no haya ninguno con el mate. ¿No se animaron? Ahí les faltó la veta uruguaya. Porque cuando vino el Presidente de ustedes estábamos con el mate. Bueno, gracias en serio.
Veo que hay muchos chicos; es una promesa y una esperanza. A mí esto me trae muchos recuerdos de los compañeros que han organizado esto, y cosas lindas.
No sé cuándo está planeado ir allá, antes del dieciséis no, seguro. Pero lo que sí es seguro es que si visito Argentina, tengo que visitar Chile y Uruguay, los tres juntos. Así que estaremos allí.
Bueno, les agradezco todo de nuevo, y les pido un favor, que recen por mí, ¿eh? Porque acá la gente es muy buena, son buenos compañeros y todos trabajan juntos, pero el trabajo es mucho, y no se da abasto. Recen por mí, por los colaboradores, para que podamos seguir adelante. ¿Eh? Gracias, muchas gracias».

(CdM – RV)

Fuente:: News.va

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En la entrega de los premios Ratzinger 2013, Francisco dice que los libros sobre Jesús de Nazaret de su predecesor son un regalo a la Iglesia
(RV).- (audio) En la entrega de los premios Ratzinger 2013, Francisco dice que los libros sobre Jesús de Nazaret de su predecesor son un regalo a la Iglesia Este sábado, en la Sala Clementina, el Papa Francisco ha hecho entrega de los premios Ratzinger 2013 de teología.
Los dos galardonados con el «Premio Ratzinger» – establecido en 2011 por la «Fundación Vaticana Joseph Ratzinger-Benedicto XVI» – este año son: el profesor Richard A. Burridge, biblista inglés, Decano del King College de Londres, y ministro de la Comunión Anglicana y el profesor Christian Schaller, laico, docente de teología dogmática y vicedirector del instituto Papa Benedicto XVI, de Ratisbona (Alemania).
Una ocasión para recordar con gran afecto al Papa emérito. De hecho, Francisco ha querido compartir con los presentes una reflexión sobre el don verdaderamente único, que el Papa emérito ha dado a la Iglesia con los libros sobre Jesús de Nazaret. Y ha recordado que cuando se publicó el primer volumen, “algunos dijeron, que un Papa no debía escribir libros sobre teología, sino encíclicas… Ciertamente, el Papa Benedicto XVI se había puesto este problema, pero incluso entonces, -ha explicado Francisco- como siempre, siguió la voz del Señor en su conciencia iluminada”.
“Con estos libros él no hizo magisterio, en el sentido propio, y tampoco un estudio académico. Él hizo un regalo a la Iglesia y a todos los hombres, de aquello que tenía de más preciado: su conocimiento de Jesús, fruto de años y años de estudio, de confrontación teológica, de oración -porque que Benedicto XVI hacía teología de rodillas y todos lo sabemos- y todo ello lo puso a disposición de todos de la forma más accesible”.
“Nadie puede medir el bien que ha hecho con este don el Papa Benedicto, -ha dicho el Santo Padre-, ¡sólo el Señor lo sabe! Pero todos tenemos la percepción, que muchas personas, gracias a los libros sobre Jesús de Nazaret, han alimentado su fe, han profundizado sobre ella, o incluso se han acercado a Cristo por primera vez de manera adulta, combinando las exigencias de la razón con la búsqueda del rostro de Dios”.
Al mismo tiempo, la obra de Benedicto XVI, ha terminado diciendo el Papa Francisco, ha estimulado una nueva serie de estudios sobre los Evangelios, entre la historia y cristología. Y felicitando a los galardonados también en nombre de su amado predecesor, dijo que había estado con él hace pocos días.
ER RV

Fuente:: News.va

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Edificar la comunidad cristiana hoyMons. Lluís Martínez Sistach     El papa Francisco, en la homilía de la misa celebrada con los cardenales electores el 14 de marzo pasado, al día siguiente de su elección, nos resumía en tres puntos -como tiene por costumbre hacer- las exigencias eclesiales de esta hora: caminar, edificar, confesar. Caminar porque nuestra vida es un camino y cuando nos detenemos la cosa no funciona. Edificar, concretamente edificar la Iglesia, comunidad sobre todo de piedras vivas, ungidas por el Espíritu Santo y fundamentadas sobre la ” piedra angular ” que es Jesucristo. Y confesar la única gloria verdadera: la de Jesucristo crucificado y resucitado.

Estas tres necesidades de esta hora -resumidas en los tres verbos citados – indican los objetivos y el marco de la carta pastoral que he dirigido a mis diocesanos para el curso actual. Se titula Vivir la fe y construir la comunidad cristiana. El curso pasado, con motivo de la celebración del Año de la Fe – que se cerrará el próximo 24 de noviembre-, propuse las diversas dimensiones de la fe cristiana en la carta pastoral titulada Hombres y mujeres de fe. En la carta pastoral de este año invito a reflexionar sobre el hecho de vivir la fe en comunidad, en Iglesia o sobre la dimensión eclesial de la fe.

La primera parte de la carta es más teológica. En la segunda y última parte, más práctica y de aplicación pastoral, he buscado proponer a toda la comunidad diocesana algunas actuaciones que me parecen especialmente necesarias ahora en la aplicación de los tres objetivos de nuestro Plan Pastoral diocesano para los años 2011-2015. Recuerdo que estos tres objetivos son: el anuncio de Jesucristo a quienes no lo conocen; la pastoral de la iniciación cristiana; y la solidaridad como expresión de la fe cristiana, solidaridad con las personas y familias que sufren más agudamente las consecuencias de la crisis económica.

La realización práctica de estos tres objetivos presupone un sujeto activo, la comunidad cristiana; es decir, aquel conjunto de personas que confiesan y dan testimonio de Cristo con obras y palabras y lo celebran y lo hacen presente en el mundo mediante la fe y los sacramentos de la fe, especialmente el bautismo y la eucaristía.

Así nació y se difundió la Iglesia en el mundo pagano: en pequeñas comunidades, establecidas desde primera hora precisamente en el mundo urbano; sólo más tarde llegó a los ambientes rurales. Hace tiempo que procuro reflexionar sobre cuáles deben ser los caminos para revitalizar las comunidades cristianas en el mundo de las grandes ciudades. Por eso, edificar comunidades cristianas abiertas y comprometidas debe ser nuestra máxima prioridad. Me gustaría que este escrito pueda contribuir a ello.

A menudo oímos decir a sacerdotes y laicos frases como estas: “No tenemos comunidad “; o bien: “Tengo creencias, pero sin Iglesia”. O también esta otra: ” Es muy difícil encontrar una verdadera comunidad”. ¿Qué podemos hacer para dar alguna respuesta a estas afirmaciones, a menudo explícitas? Ante este reto, he buscado unas orientaciones en la primera encíclica del papa Francisco, titulada Lumen fidei, es decir, La luz de la fe. Nos dice en este documento -especialmente en el capítulo tercero- que la vida de fe se da en un ámbito comunitario y tiene un fundamento comunitario. Creemos -por la gracia de Dios – cada persona, pero la vida de fe se da en un ámbito comunitario y tiene un fundamento comunitario. Por eso, en tiempos de fuerte secularización y de no pocas pruebas para la fe, me parece muy necesario que -como los primeros cristianos- podamos contar con unas comunidades cristianas que lo sean verdaderamente. Estas apoyan nuestra fe personal, frágil y tan sometida a sombras diversas. Lo decimos en cada celebración de la eucaristía: “No mires, Señor, nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia”.

 

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal arzobispo de Barcelona

Authors: Mons. Lluís Martínez Sistach

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